Carácter, una excelente película holandesa sobre las vicisitudes edípicas

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Las luchas de poder son tema continuo en las narrativas cinematográficas.

Especialmente las que refieren a esa rivalidad entre padre e hijo, el heredero, el suplente, el (¿él?) que acecha constantemente el trono patriarcal, la cama de la esposa, el liderazgo en la jauría.

Claros ejemplos me vienen a la mente, desde La oveja negra (1949), melodrama de la época dorada del cine mexicano y dirigida magistralmente por Ismael Rodríguez, en donde padre e hijo compiten por la gubernatura de su pueblo, añadiéndole sabor al drama al pelear de igual manera por una mujer, hasta Отец и сын (Padre e hijo) (2003) de Alexander Sokurov, donde la rivalidad se torna más sentimental, sexual, dejando que la pasión desdoble sentimientos competitivos y de rechazo, miedos de abandono y la constante búsqueda de pertenencia social, todo debido al aislamiento casi antropofóbico.

 

Karakter (Carácter) (1997), película holandesa dirigida por Mike van Diem y basada muy libremente en la novela del mismo nombre y escrita por Ferdinand Bordewijk, nos lleva sublimemente por esta larga y compleja disputa inmemorial.

 

Combina elementos del cine negro de los años 30 y el impresionismo alemán muy al estilo de Georg Wilhelm Pabst. La historia se gesta a partir del descubrimiento del cadáver del reputado Dreverhaven, temido notario público de los Países Bajos de la década de los veinte, quien después de tener una discusión con el joven Katadreuffe es encontrado con un puñal clavado en sus entrañas mientras el cuerpo reposa sobre su escritorio.

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Por obvias razones Katadreuffe es el principal sospechoso y es interrogado por la policía para darle seguimiento al caso. A manera de flashbacks se va tejiendo la historia de estos dos personajes, quienes manejan un parentesco padre e hijo, siendo este último un bastardo que busca incesantemente la aceptación del primero. El cual lo rechaza tajantemente durante toda su vida.

Con ciertos guiños a historias clásicas como Oliver Twist, vamos conociendo la odisea del pequeño bastardo Katadreuffe y de su madre Joba para sobrevivir en un ciudad donde las oportunidades son escasas y la pobreza abundante. Firme en su carácter, tal vez herencia principal de su madre, quien durante toda la película mantiene una postura firme y digna. El pequeño bastardo trata de superarse día con día, aprendiendo a leer y memorizando una enciclopedia incompleta que encuentra en alguno de los cuartos en los que se refugia del frío abrazo callejero.

En este triángulo infra familiar, Katadreuffe busca la constante aceptación de un padre que a su vez añora, cayendo en lo obsesivo. Así como el cariño y compañía de una madre-esposa que, como si fuera un ser carente de sentimientos, rechaza tanto al padre como al hijo.

Es de suma importancia esta triada, pues al saber que Katadreuffe fue producto de un abuso sexual por parte de Dreverhaven a Jova mientras ésta fungía como su sirvienta, da paso a lo que Lacan llamará “el gran otro”. Esa figura simbólica representante de la ley, no olvidemos que el señor es un notario y que una de sus principales labores es el desalojo de los inquilinos. Basta con observar la imponencia de Dreverhaven ante la amenaza inútil de los próximamente desamparados al lanzarle objetos y hasta disparar armas de fuego.

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Al no pertenecer realmente a ningún lugar y a falta de esa autoridad que rija su objetivo en el orden de lo simbólico, el niño, que se está convirtiendo en hombre, entra al juego del caer y levantarse una y otra vez. Hasta que como si fuera guiado por las moiras circunstanciales de una tragedia griega, llega a un despacho donde se empieza a a desenvolver como auxiliar jurídico. 

Traba tras traba y obstáculo tras obstáculo, la mayoría puestos por su padre, Katadreuffe llega a ser alguien en la sociedad, quedando solamente el enfrentamiento final hacia su padre, al cual visita para “matar” al patriarca y seguir su propio camino.

Lleno de referencias freudianas, lacanianas y hasta jungianas, esta película logra envolverte en su bien construida historia, llevada de la mano de unas excelsas y extraordinarias actuaciones por parte de Jan Decleir y su magnánima interpretación de Dreverhaven. Quien con su imponente semblante, su expresiva ira reprimida y una mirada que transmite sentimientos profundos y amenazantes.  Además de Fedja van Huêt, que durante toda la película muestra esa dualidad de inocencia e inseguridad y a la vez el carácter de una persona dispuesta a todo por cumplir sus objetivos.  Al punto de hacer dudar al espectador si realmente puede esconderse un asesino dentro de esa fragilidad casi andrógina.

El pecado de hybris, como en cualquier tragedia clásica, rige las acciones y sus consecuencias en cada uno de los personajes, todo perfectamente orquestado bajo la mano de van Diem. Quien y a pesar de no querer adaptar esta novela clásica europea, logra darle su toque personal, llevándola por lugares más oscuros y de un género que se niega a morir, ese film noir que te arrastra hacia sus más recónditos y misteriosos acertijos, dejándote asumir el papel del detective y sorprendiéndote al final con una conclusión que por ley casi pocos aciertan.

Gracias a sus elecciones estéticas, argumentativas y de dirección, sumado a un gran casting, es que la película ganó el premio de la academia en 1997. Pero sobretodo ganó su lugar dentro del Olimpo de las extrañas y poco conocidas joyas del cine europeo.

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César Alexandre, el Kinópata
Written by César Alexandre, el Kinópata

César Alexandre es un músico, fotógrafo y a veces se las da de escritor y columnista.Ermitaño por convicción, es un ferviente fanático de la cultura popular, siendo sus fuertes la filosofía, el cine, la literatura, los cómics y la música. De deportes no sabe nada. Siempre con cámara en mano, por si se ofrece capturar al mundo y con libreta y bolígrafo, por si se ofrece transcribirlo.

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