El concilio de Alí Babá o las elecciones en la Asociación de Fútbol Argentino

Afterpunk, Columnas

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Hace días que leí una noticia sobre la elección del presidente de la AFA (Asociación de Fútbol Argentino).

Leo noticias relacionadas al fútbol, porque me gusta, un poco menos que el béisbol, pero un poco más que otros fenómenos. Me gusta más que la astronomía, por ejemplo. No sé mucho sobre el fútbol argentino, sé más de literatura argentina y la sé porque si tuviera un canon, elegiría algo entre Arlt, Aira, Lamborghini, Donoso, Saer, Sábato, Walsh, o Fogwill, o Piglia, y por caer en el lugar común: Borges y Cortázar. Pero decía que leí una noticia del fútbol argentino y el desarrollo del relato me pareció arrancado de las páginas de cualquiera de estos escritores, es decir que, los acontecimientos que voy a narrarles solo son han sido posibles porque hay una idea preconcebida de las cosas ligada a la literatura del Río de la Plata, aunque a lo mejor me equivoco. Lo que quiero decir es que como nosotros decimos: eso solo pasa en México. El relato que compone el AfterPunk de esta semana, solo podría haber pasado en Argentina, lo sé, estoy seguro de ello. Porque su literatura, ya se había anticipado, de alguna forma, en la idea.

Este relato se podría llamar:

El concilio

Se reúnen 75 ladrones, estafadores, mentirosos, incluso alguno que es asesino, pero asesino puede ser cualquiera. Se reúnen, alguno dice que hay que modernizarse, que la cosa no da para más. Otro lo secunda, habla de actualizarse o morir, usa la palabra «adaptación», luego dice «evolución», como si apelara a Darwin. Aquello parece la cueva de Alí Babá. Y Alí Babá ha muerto, hay que elegir a su sucesor. Pueden elegir al más fuerte, o al más corrupto, o al más rico. Pero escuchan, todos escuchan. Los tiempos cambian, entienden que nadie va a pelear a muerte por el trono, eso era antes. Antes saltaban los cuchillos a la menor arenga; alguno todavía lo recuerda y trae a su memoria la sangre en las manos, alguno es incluso asesino jubilado, pero eso quedó atrás. Entonces uno de esos hombres dice, conjura, invoca la «elección». De repente los ojos de todos los ladrones se iluminan: elección. Hay que actualizarse, arribar a la democracia. Son ladrones, pero no bárbaros.

Algunos aparecen en los periódicos, administran grandes corporaciones, dirigen el país. Uno dice: Hay que votar. Y votan. Nadie se cuida de nadie. Saben que en las elecciones generales hay fraudes, robos, estafas, pero no ahí, en su cueva. Son todos ladrones, no tendría caso que alguno intentara pasarse de calavera. Son todos ladrones, están, por tanto, en la misma situación. No hay posibilidad de que alguien haga trampa. Votan para elegir el nuevo jefe. 75 ladrones cruzan las papeletas y las depositan en la urna. Hace años hubieran aparecido los puñales, y el sobreviviente se habría calzado la corona. En el cuarto todos ríen y se felicitan. Alguno comenta que no hay elección más democrática y limpia que esa. El Tuerto Ordóñez, lugarteniente del anterior Padrino, se acerca a su oponente, Marcio, al que le dicen Flaco. Lo abraza y le desea suerte. Marcio le regresa el gesto.

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Viene la cuenta, una a una las papeletas son sacadas: voto para Marcio, voto para Marcio, voto para el Tuerto. Alguno toma la delantera, pero apenas por uno o dos sufragios. Transcurren técnicamente empatados. En la recta final, el Tuerto se despega por tres puntos y contabiliza 38, el 50 por ciento más uno. Aunque los votos restantes fueran para Marcio, no alcanzaría a Ordóñez. Acaba el conteo y el Flaco alcanza los 38.

Nadie sabe qué hacer, están como desolados. A Barracuda, el más viejo, le cruza la cabeza un pensamiento: votar a mano alzada. Pero se calla, no deja salir la idea, todos ahí son ladrones, caballeros, ninguno se atrevería a trampear al otro. No puede haber trampa, se dice calladito. Luego levanta la voz, rompe el funeral en que se había convertido el salón, No hay trampa, dice. Alguien se ha equivocado, añade. Los ladrones se miran, como si miraran espejos, nadie podría engañar a los otros. Son ladrones, todos. Votaron porque los tiempos cambian, la modernidad, el desarrollo, la democracia. Y ahora se sienten desamparados.

En la sala contigua, corre el rumor de que hay un empate ¿Pero, nadie se abstuvo?, pregunta el reportero de La Jugada. Cómo va a haber empate si son nones ¡imposible!

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Barracuda pide que se haga de nuevo una votación, que se repita. Coge papel y unas tijeras, y recorta cuadros. Un ladrón acaricia el mango de su cuchillo, otro ladrón hace lo mismo. Tres o cuatro dentro de sus abrigos, cogen los puñales, aún sin atinar el impulso. Ordóñez y Marcio conversan en voz baja, un poco alejados del resto. Ordóñez regresa y se sube a una silla. No va a haber votación hoy más, se han ido Felipe Canales y Alessandri, el de La Bola, es imposible. Esto queda aplazado, dice.

Prometen no decirle a la prensa qué ha pasado con la elección, hacen el juramento y salen sin decir palabra. Marcio se detiene ante el reportero de La Jugada, Julián Rodríguez. Le dice que la reunión era para presentar a los candidatos, que poca cosa más. Los candidatos tenían que exponer su plan de gobierno. A Rodríguez le salta la palabra «gobierno», se oye graciosa en la boca de un ladrón. En una esquina de la sala, con el móvil en la mano, sin saber qué hacer, qué reportar, se encuentra el corresponsal de El Mundo.

Supongo que no hay otra forma de acompañar el relato que con un poco de tango.

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Khonde
Written by Khonde

Redactor y lingüista aficionado. Gusta del fernet-branca, la literatura y la buena comida. Actualmente escribe para Yaconic, La Jornada, Fang, Radio Zacatecas. Como investigador desarrolla un tema que ha dado por llamar Ingeniería de la escritura. Su signo zodiacal es leo, le gustan los zombies y escribirle cartas a Alicia.

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