La influenza duele, todo duele

Afterpunk, Columnas

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El día jueves 3 de marzo de 2016 del año de nuestro señor Jesuscristo desperté con todos los grados posibles de calentura y creyendo que de verdad unos piratas espaciales me tenían secuestrado.

Cuando la epidemia zombie en el ex De eFe se presentó, yo trabajaba para un programa de Protección Civil y la Procuraduría Social ultrasecreto, encargado de limpiar la mierda y pendejadas que ocurrían en la ciudad producto de las decisiones erróneas de ciudadanos y gobierno. De repente una de esas plagas bíblicas asolaba ciudad Chilango y yo tenía que andar recorriendo sus apestosas calles con un hato de cubrebocas en las manos. Salí librado. La verdad es que nunca me encontré con un enfermo. De hecho siempre dudé de que la enfermedad existiera, hasta ahora.

La cosa es muchísimo más complicada de lo que parece o suena, la fiebre del puerco tiene la pinta de sustancia radioactiva, un enfermo piensa que lo han envenenado. Esa fue la segunda impresión que tuve el jueves que desperté, descartado el secuestro de piratas espaciales, pensé que había sido envenenado o que de repente me había dado cáncer. Ni lo uno ni lo otro, afortunada y desafortunadamente.

Les voy a confesar que la influenza tipo A, que es lo que tuve, devasta el cuerpo. Somete al cuerpo, a la mente, a la imaginación; destruye cualquier intento de sanación; parece como si todos los males y pecados del mundo cayeran sobre el enfermo. En concreto, es una mierda terrible contagiarse de esa mierda.

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He tardado más de una semana en reponerme, a mi descargo, no tomé ningún medicamento, quise medir la resistencia de mi cuerpo y ha sido una mala idea. Siempre tengo ese tipo de ideas. No sé cómo un niño o un viejo soportarían un virus de estas dimensiones, máxime cuando dice mi dentista que tengo el umbral de dolor muy alto (me ha realizado endodoncias sin anestesia).

Es que sobre todo, la influenza duele: duelen las costillas, la espalda, la cabeza, el cuello, los dedos de las manos, las piernas, los dedos de los pies, los güevos, la lengua, duele que te hablen, los sonidos, las emociones, los pensamientos. Todo duele.

Ahora lo que tengo es falta de fuerzas, cansancio. Apenas subo escaleras y el aire me falta, apenas recorro dos cuadras y siento que he corrido una maratón. Supongo que mi cuerpo después de mantener la terrible batalla contra los virus se encuentra desgastado y hará falta tiempo para que se reponga. Supongo que recuperaré mi capacidad pulmonar, que volveré a correr y que recordaré la influenza como un hecho anecdótico que no debió de haber sucedido. O no. Es probable que no vuelva a ser el mismo, que de verdad la enfermedad me haya matado un poquito.

Por una parte, casi celebro que me haya enfermado, porque eso rompe con mis ideas acerca de teorías conspiratorias zombificadoras. Además, que la enfermedad me haya atacado de esa manera, también acaba con mi renuencia a creer en los laboratorios médicos y patea a mi mood jipi de querer curar todo con infusiones, ajo y jengibre. Por otra, me preocupa que un virus casi común y corriente tenga tanta fuerza, sea tan contagioso y capaz de aniquilar a la raza humana.

Como dijeran los Pixies, querido lector don’t know about you, but  I am un chien andalusia.

 

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Khonde
Written by Khonde

Redactor y lingüista aficionado. Gusta del fernet-branca, la literatura y la buena comida. Actualmente escribe para Yaconic, La Jornada, Fang, Radio Zacatecas. Como investigador desarrolla un tema que ha dado por llamar Ingeniería de la escritura. Su signo zodiacal es leo, le gustan los zombies y escribirle cartas a Alicia.

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