La increíble tragedia adolescente de mi primer vestidito negro

Aguamala, Columnas
blackdress

Ilustración: Cecilia León

No se si tenía 14 o ya había cumplido los 15,

pero en ese entonces asistíamos a grandes y semisobrios reventones al poperísimo ritmo de: OV7, Kabah, “La vida loca” que solía llevar Ricky Martin antes de que tuviera una vida cabal y pidiera para llevar gemelos de probeta, o bien, y ya que los tíos y los jefes de los chavitos se ponían bien pericles, Los ángeles azules hacían la delicia de todos en el preligue, el presexo y la prepeda de los preadolescentes de la clase media del sur de la ciudad.

Cada fin de semana, teníamos tremendas fiestas en honor a las quince primaveras de las chicas de los seis salones de secundaria del Colegio México. Y yo, que he sido buena para la fiesta desde que era una “aguabuena” e inocente, confieso que la pasaba bomba levantando las manos, llegando bien arriba y moviendo la cintura con movimientos sexys ¡síííí! Como no sabía quién era y comenzaba a sospecharlo, no quién era sino que no sabía, no puedo asegurar que me sintiera feliz, pero durante ese año, que se parece mucho a éste, empezó a crecer mi círculo social y me invitaron a muchas, muchas fiestas.

En ese entonces, mi experiencia relacionándome con el sexo opuesto había sido brutal. Una auténtica hecatombe adolescente, drama infrarrealista de segundo de secundaria, ocasionado por el telúrico rompimiento con un primer amor de patanería fundacional y legendaria. Un chamaco imberbe, wannabe y feo que no se merece muchas líneas pues tratar el amor con desprecio es básicamente lo más ruín del universo conocido. Fue cruel conmigo y la vida que es terrible y bondadosa, me dio la oportunidad de mandarlo al carajo y despreciarlo de vuelta, de formas espectáculares y novelezcas cuando ya estaba en la Universidad y me gustaban ese otro tipo de patanes que saben escribir y citan oportunamente anarquistas muertos. Ahora es mi amigo en Facebook, y de vez en cuando, me gusta ver lo feo que se puso y lo predecible y de hueva que es su patética existencia.¡Mala la Aguamala! Todas mis relaciones sociales estaban centradas en él y tardé el periodo histórico de un año en recuperarme del todo. Durante mucho tiempo lamenté que esos graves dramas y pérdidas, me hayan sucedido tan chamaca pero ahora me siento curada de espantos amorosos. (Bueeeeno, dejadme ser).

Ése fue el año de las fiestas de 15 que tan mala fama tienen, porque las familias se gastan la feria en el reven y la protagonista se disfraza de algodón de azúcar, piñata o edecán de Televisa pero a mí me vinieron como brisa refrescante después de ahogarme desde los 13 con la loción barata y abundante de ese pelado.

Por ello, no me había sido posible tener una visión genérica, más amplia y justa de “los hombres” como grupo social, ni tenía mucha idea de cómo relacionarme con ellos. Mis amiguines de la escuela activa freinetiana requetehippie -¡y hermosa!- donde estudié la primaria eran iguales a mi. A saber: pequeños hombres de acción, comandos creativos chiquitos, criaturas salvajes y todo terreno, de familias hippies, demasiado ocupados en nuestros juegos, para prestarle mucha atención a un tardío e ingenuo inicio erótico…sí acabo de escribir “inicio erótico” jojo. Entonces, con esas experiencias tan divergentes, tan definitivas en mi vida, tampoco estaba muy consciente de mis potenciales encantos y de los letales efectos del cuerpo femenino y su doble efecto de tótem y tabú… ¿A poco creen que nací así?

Mi madre, que siempre ha sido distinguida fashionista, no tenía empacho en ir de compras conmigo y de vez en diario me regalaba algún vestido para tan distinguidos eventos quinceañeros. Un sábado de fiesta, fuimos a la tienda y compramos un vestidito negro de Tatoo.

That dress.

Probablemente fue el primer vestido negro que tuve, era bastante sobrio pero corto y un poco ceñido, aún lo conservo por ser rockero y sexy y porque, por algún milagro textil mediante, aún me queda bonito. En la noche, nos arreglamos en casa de mi mejor amiga, lo cual llegó a hacerse un ritual entre nosotras hasta la Universidad, juntas teníamos el doble de fetiches de belleza y tendíamos sobre su cama un derroche de objetos de colores, olores y texturas para el cuerpo, para el juego, para el diseño de una estética. Salimos y llegué con mi vestido nuevo a un fraccionamiento very nice del sur, cerca de la escuela, a la fiesta de Cintia Sosa.

Algo pasó. Cuando entré todo el mundo se me quedó mirando como a Cenicienta cuando llega al baile. Lo que me hace sospechar que probablemente la Cenicienta era una quinceañera en minifalda. De pronto, todas las miradas estaban sobre mí, sobre mi cuerpo, especialmente, las de ellos, los niños, los güeyes…Y creo que experimenté la súbita comprensión empírica de algunas cosas importantes en la vida: sí, jalan más que dos carretas.

De pronto, estaba rodeada, todos querían bailar conmigo y llegó a mis manos una cuba de bacacho que me tomaba a sorbitos soperos porque nunca me ha gustado. Los chicos, o el círculo de chicos que casi no me hablaban, ni me pelaban, ni me saludaban, se decantaron en cumplidos chafas cuando me vieron entrar a la casa de Cintia.

Saludé a mis amigas, bailamos, reímos…La fiesta siguió y entonces, llegó él. Era el capitán del equipo de basquet; un chamaco muy popular, famoso por sus innumerables conquistas y conocido por mí, debido a que mi mejor y más querida amiga cacheteaba las banquetas por él. Un par de meses antes, habían tenido algunas “ondas pre” con las que se había clavado como nunca…y como siempre.

Él, estuvo hablando o bailando un rato conmigo, cuando de sus carnosos labios vino intempestivamente la mítica frase:

-¿Me acompañas por unos cigarros al coche?-
Clásico. (Leer así: classssi-co)
Así que yo, pendeja y no fumadora, en mi flamante y recién adquirida coolness, le dije que sí:

-Ash, esteee, o seaaa claro, ¡vamos!-. Jojo, seguro hablaba así, no me molesta, he crecido. Entonces, salimos de la fiesta y cruzamos la calle del suburbio hasta llegar al auto. Peor:

-No los veo ¿No te quieres subir tantito mientras los busco?

Dije otra vez que sí -“nomás tantito”-. Entramos a un ¿Neon? ¿Cirrus? Un coche verde que seguro le prestaron a él o alguno de sus gorilientos amigos. Subí al asiento del copiloto y dentro del auto me pidió un beso.

Híjoles, ¿qué hacer? Le dije que no, que mi amiga, que no se qué.

Que le gustaba mucho. ¿En serio?

-Sí, desde hace mucho- Ajá como dos horas, pienso. –

No, goooei pero mi amiga. Mejor ya vámonos

Entonces, trato de bajar del auto y están puestos los seguros eléctricos. No puedo abrir. Le pido que me abra.

-Los seguros no funcionan, están atorados

-¿Cómo que están atorados? ¿No se puede abrir?

Se me echa encima y me da unos besos medio mal puestos. Jesús de Veracruz. Should i stay or should i…¡mi papá!…Sí, como Yuri herself. En ese momento vi a mi jefe de frente, con cara de desvelado, manejando su viejo jetta azul que llegaba un poco antes por mí. Parece que busca dónde quedarse o la dirección de la fiesta.

Cuando pasó cerca de nosotros, me agaché estilo Matrix en el asiento delantero  y no me vio. El chico tiene cara de frustración y susto. “Mágicamente” se arreglan los seguros del auto y cruzamos la calle para entrar de nuevo a la fiesta.

 

Cuando regresamos, la escena se repite y una vez más todos se me quedan mirando, pero esta vez es mala onda. En el baño, mi amiga y la niña de la fiesta lloran desesperadamente. Mi amiga porque piensa que le bajé el galán, Cintia porque dice le arruiné la fiesta. Algunas chicas me miran horrible, me juzgan. Los niños se sonríen burlonamente. Me siento chinche aplastada. Me voy de la fiesta sintiéndome miserable y con una indescriptible y entonces no identificada: CULPA JUDEOCRISTIANA.

Escribo cartitas de arrepentiemiento con bolígrafos color pastel durante el resto del fin de semana. No se por qué, no se qué fregados hice, pero sé que yo lo hice.

Aún hoy, no sé qué argumentaba en las cartas, que no me di mi lugar, que no pensé en ellas, que fui tonta, que fui vanidosa…no sé, no puedo acordarme y tal vez no importa. Él, claro, machito católico, fue todo ganador. La chica de la fiesta y yo nunca fuimos amigas. Mi amiga me perdonó casi de inmediato y un año después conocimos a nuestros próximos amores-de-la-vida en Acapulco. No se cuántas cosas han podido cambiar en mí desde ese entonces pero definitivamente no fue mi gusto por los vestiditos negros que suelo llevar segura y cómoda. Pero ahora, cuando alguien me pregunta “¿Y si me acompañas por unos cigarros al coche?”. Yo suelo contestar: “¿Y si me acompañas por un vinito a tu recámara?”

Una buena chica marista aprende la lección aunque sea dura.

Ilustraciones de Cecilia León

 

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Aguamala o Medusa
Written by Aguamala o Medusa

Jessica Asai adora la Psicología Social, después de la investigación socia aplicada, se ha dedicado al emprendimiento, primero en la práctica salvaje y luego en la experimentación teórica, trabaja diseñando planes y programas en Innovación y Emprendimiento para la Coordinación de Innovación y Desarrollo de la UNAM; imparte clases y talleres en el Laboratorio de Innovación, su lugar feliz. Aguamala o medusa, es un blog y sale de ella, o viceversa

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