Lo fundamental es estar al servicio de la música

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Foto: Vianney Sánchez

Cuando tenía 17 años trabajaba entregando cafés.

Recuerdo que solía arreglar mi larga cabellera con gel en un, quizá vano, intento por verme respetable. Un día me mandaron a llevar café a una escuela de música y cuando entré, escuché los sonidos y vi a los músicos me cayó el veinte de qué es lo que venía a hacer al mundo y a lo que dedicaría el resto de mis días. Básicamente pensé: “Aquí es donde pertenezco, no sé que estoy haciendo vendiendo café”. Así que me inscribí y empecé a estudiar música.

Confieso que en la pubertad había empezado a mezclar música electrónica. Mi dieta auditiva se basaba en house, progressive y deep house. Pero fue hasta que llegué a la escuela que sentí la inquietud de ampliar mi panorama musical. Yo nunca había cantado una canción ni tocado un instrumento.

Uno de mis primeros descubrimientos fue el jazz y afortunadamente el primer disco que escuché fue el epifánico “Kind of Blue” de Miles Davis. Recuerdo que me prestaron el disco, llegué a mi casa en la noche, lo puse en un discman y le di play.  Las luces estaban apagadas y yo estaba a punto de dormir cuando escuché la introducción de Bill Evans en “So what”.  Para cuando llegó el platillazo del final yo ya era prisionero de esos sonidos. Aunque entendía nada.

Después de eso empecé a tomarme el camino de la música en serio y a estudiar los principios del jazz, abarcando composición, armonía, arreglos, improvisación, dominio del ritmo y la exploración de los diferentes estilos y sub-estilos relacionados.  Mi panorama musical cambió para siempre y nunca más pude ver las cosas  de la misma manera.

Cuando entré a mi primera clase de bajo mi maestro se enojó cuando descubrió que era absolutamente nuevo en el instrumento.  En sus palabras, estaba harto de que llegaran alumnos que no sabían nada.  Los primeros seis meses en la escuela no pasó nada conmigo. No había entendido que para lograr algo aunque sea mínimo en la música hay que estudiar muchísimo. Hasta que una semana antes del examen mi maestro de bajo me revisó el temario y como no tenía nada me pidió que dejara su clase. Entonces le pregunté qué necesitaba hacer para tocar bien. Su respuesta fue: “Estudia 8 horas al día, mínimo”.  Así que empecé a hacerlo, más que nada para experimentar y después de una semana tenía el temario completo.  Observar todos los detalles de la música, como si la viese bajo una lupa y descubrir que necesitaba dedicarle horas de práctica fueron las dos cosas que cambiaron totalmente mi forma de abordarla y entenderla.

Cuando salí de la escuela conocí a Tania Guzmán. Ella ya tenía sus canciones y como me gustaron mucho decidí embarcarme en la aventura de realizar mi primer disco como productor fuera de un contexto académico. Ese fue el momento en que me hice de papel y pluma y empecé a escribir música. Por cierto, es importante  decir que existen varios tipos de productores. Pero concretamente, el productor musical está a cargo de escribir la música. Uno de sus papeles es el de arreglista, lo cual consiste en traducir una canción que cuenta con una melodía y acordes fundamentales en una versión con un tratamiento distinto y que pueda incluir una instrumentación diferente. Es como tener una muñeca y vestirla de diferentes formas.

  La mayoría de los productores y arreglistas tienen un pasado pianístico. Yo me enamoré de la improvisación y decidí abordar el bajo de una manera un poco diferente. Es decir no sólo como un instrumento que crea una base, sino que también puede llevar la melodía o cualquier otra parte del arreglo. De tal manera que cuando  estaba haciendo los arreglos para el disco de Tania, tuve que estudiar unos acordes rarísimos en el bajo para poder darle sonido a las diferentes secciones del arreglo, incluyendo los metales. Hice esto porque sentía que me iba a dar una idea mucho más atinada de cómo iba a sonar.

Además algo de lo que yo no estaba consciente y he ido entendiendo al paso del tiempo es que al momento de la grabación el productor es responsable de sacarle el sonido a un proyecto. Cuestiones de microfonía o de cómo se procesan los sonidos pueden cambiar las cualidades de tarolas, guitarras y todo tipo de instrumentos.

Por otro lado cuando trabajo como bajista acompañando a otro artista creo que lo fundamental es siempre estar al servicio de la música. Ella es la que manda. Por ejemplo si estoy tocando pop no voy a sacar acordes exóticos o improvisar cosas raras; entiendo que debo conservar la función del bajo como creador de una base.  Sin embargo, cuando se trata de tocar jazz mi creatividad puede fluir al 100% y siempre tengo la libertad de ir en cualquier dirección.

Al final del día no importa si estoy tocando tónicas con un ritmo monótono o estoy tocando 12 notas por segundo, la música  siempre es lo más importante y me encanta poder coexistir entre diferentes mundos.

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Foto: Feli Gutiérres

Sigo aprendiendo mucho sobre la música y cómo hacerla. Algo crucial es que entendí es cómo trabajar con los cantantes porque ellos viven en un mundo diferente al de los demás instrumentistas. La razón es muy sencilla y es que ellos no tienen una tecla que puedan tocar para emitir un tono exacto. Tampoco pueden tener una distancia con respecto a su instrumento porque son ellos mismos y por lo tanto su desempeño musical está sujeto a todas sus fluctuaciones físicas y psicoemocionales.  Esto puede parecer un detalle pero es muy importante, cuando yo entendí eso la comunicación a la hora de trabajar con ellos mejoró inmediatamente.

El productor es como un co-autor y un corrector de estilo. Todo funcionará en la medida en que su comunicación con el artista fluya. Esto sólo se logra a través de desarrollar la habilidad de entender a las personas. 

Me parece que uno de los errores de un productor sería hablar en términos complicados que obstaculicen la comunicación. Esto podría ser la diferencia entre un buen y un mal productor. Ya que todas esas cosas afectan el resultado final de lo que va sonar.

Por ejemplo con Nana Mendoza, ahora tenemos una banda llamada “Xail” que significa flor en náhuatl. Ese proyecto lo abordamos conmigo tocando la guitarra y con ella cantando. Simplemente se trataba de “platicar musicalmente” y el resultado fue un motivo de satisfacción y felicidad para ambos.

Con respecto a cómo escoger los proyectos en los que me involucro, para mí es muy sencillo: si la música me gusta, lo hago. Siempre le doy prioridad a lo que escucho. Necesito tener una conexión personal al momento de escuchar la música.

Finalmente el resultado de estudiar orquestación, arreglos, solfeo, improvisación, bajo etc., es que actualmente me da la posibilidad de tener más de un rol en la música. Ahora doy clases, soy el coordinador de bajo en una escuela. Escribo música para distintos proyectos. Soy bajista y también me hablan para producir discos. Además estoy estudiando canto y procuro tener una vida social. Porque durante muchos años me sentía culpable cuando salía de fiesta porque yo creía que debería estar estudiando  en lugar de salir a tomar un par de chelas y platicar con mis amigos y familia. Pues un día descubrí que el mundo de la música y mi vida en la sociedad poden coexistir. Ya que al final, lo que haces con la música es contar tu experiencia de vida, la forma en la que ves el mundo y en la medida en la que tienes experiencias e historias que contar tu música se enriquece y viaja más lejos. 

Al final, lo que haces con la música es contar tu experiencia de vida, la forma en la que ves el mundo y en la medida en la que tienes experiencias e historias que contar tu música se enriquece y viaja más lejos. 

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Fermín Fortiz
Written by Fermín Fortiz

Bajista y productor originario de la ciudad de México. Actualmente toca con Fiusha, Jazmin Solar, Xail, Vanessa Zamora, Gala Smykal, Tania Guzman, Danna Paola e Irán Castillo. Y produce los proyectos Xail y Tania Guzmán.

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