Si comer carne provoca cáncer, lo merezco

Afterpunk, Columnas

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Mi padre hace una carne tártara excelente.

Probablemente la receta se haya cultivado y mejorado generación con generación a través de mi árbol genealógico paterno; su padre, mi abuelo, le enseñó la fórmula. Ahora yo la preparo, y desde niño recuerdo que su sabor es uno de mis placeres favoritos.

Mi padre alguna vez me ha contado que mi abuelo y sus hermanos solían comer los cortes casi crudos en los asados familiares. Supongo que la cocción de la carne alcanzaba el término azul o el rojo inglés, o tal vez ni siquiera la ponían al fuego y la devoraban como nuestros antepasados antes de descubrir el arte de la cocina.

A mí, por ejemplo, me gustaría pedir la vaca todavía moribunda para arrancarle un pedazo y comerlo en el instante. Pero a quién quiero engañar, seguramente me daría pena ver al animal todavía con vida. Por eso creo que si comer carne provoca cáncer, lo tengo bien merecido. Si fumar da enfisema, también y si beber me llevará a la tumba, me lo he ganado con pulso. Hago todo lo que no debería hacer, como aquella vez que tuve que reconocer que tenía de amigos a quienes no deberían de serlo y me enamoraba de las mujeres equivocadas. No es que crea que hay personas correctas para uno, es que pienso que hay personas que no deberían formar parte de nuestras vidas.

Podría aceptar que erro con mi dieta carnívora, pero de nada serviría. Es decir, que lo reconozca no significa que cambiaré mis hábitos alimenticios.

Eso porque las sensaciones que recorren mi cuerpo y cerebro, cuando mastico un bocado de churrasco por ejemplo, resultan en un tipo de orgasmo tan complejo y placentero como el sexual. No sé ustedes, amigos comidistas, no sé dónde localicen el efecto del deleite del comer. Por lo que a mí respecta, apoyado en mi experiencia gulística, puedo distinguir dicho efecto en ciertas zonas del cerebro. Sé qué partes de mi cabeza brincan de alegría tanto con una lechuga como con un trozo de chorizo. Podría graduarme como un dealer para adictos a la comida o dar charlas motivacionales para tragones.

 

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Por encima de la literatura, de la lectura, prefiero poner en práctica mis conocimientos culinarios. Por encima de la escritura, prefiero la gastronomía. Por encima de cualquier alimento, me decanto por la carne: y si está poco cocida, mejor para mí. Supongo que me va a dar algún tipo de cáncer, coma lo que coma. Supongo que sería preferible no atentar contra otra vida para saciar mi hambre y supongo que un día en el futuro nos mirarán como cavernícolas salvajes monstruosos por nuestras costumbres de come cadáveres.

He nacido en una época oscurantista y medieval, donde prima la destrucción del otro para el bienestar individual.

El domingo sin más y como mejor ejemplo, una turba —o debo decir: torva— de algo parecido a orangutanes asistió a una especie de estadio llamado «autódromo» para ver dar vuelta a automotores. Onanistas y pasivos, incluso pagaron altos costos por un anti espectáculo que puede ser considerado como la muerte de las emociones, comparable en ese sentido al golf. Quién sabe cuánto se invirtió en el Gran Premio de México, pero económicamente ya es un fracaso. Como país, invertimos en empresas que nunca tendrán éxito y en proyectos destinados a la bancarrota.

Antes de comenzar mi día prepararé machaca con huevo, desde este lugar con olor a norte. A lo mejor lo que habría que hacer para avanzar como humanidad, sería echar abajo esta sociedad, este tren de vida criminal.

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Khonde
Written by Khonde

Redactor y lingüista aficionado. Gusta del fernet-branca, la literatura y la buena comida. Actualmente escribe para Yaconic, La Jornada, Fang, Radio Zacatecas. Como investigador desarrolla un tema que ha dado por llamar Ingeniería de la escritura. Su signo zodiacal es leo, le gustan los zombies y escribirle cartas a Alicia.

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