Sueñería, sueños de agua, de selva y pesadillas

Aguamala, Columnas
chica

Ilustración: Cecilia León

“Los adivinos del emperador Heizei dicen que hay seis tipos de sueños,

son los siguientes: sueños tranquilos, visiones de dioses y espíritus,

sueños de las propias ideas, sueños de los propios recuerdos,

sueños gozosos y pesadillas”.

Cuentos de Lluvia y Primavera, Ueda Akinari.

Sueño con tres tipos de ecosistema que a su vez sueñan el agua, sueños natatorios que van de lo acuático a lo acuoso y de ahí a lo tropical.

Sueños todos húmedos, pues cuando sueño en seco se enraízan pesadillas. Sueño con un mundo inundado, sueño con un mundo submarino y sueño con la selva.

Sueño con un mundo inundado

La ciudad que escribo desde el cine hipster donde me encuentro, un día fue la Gran Tenochtitlan, el sueño delirante de algún indio loco fue una poderosa visión contagiosa y genealógica que llevó a sus amigos, a sus enemigos y a sus hijos, mestizos locos, a sostener melancolías y pirámides aquí, en el centro de México, sobre un sistema de lagos nerviosos. Vivimos, con todo nuestro ingenio y toda nuestra magia, sobre el agua, en un intento constante de permanecer a flote, locura colectiva y transparente obstinación ecológica, aguamala del urbanismo.

Pese a los intentos de sostenernos sobre tierra firme, la visión de Anáhuac insiste en su vocación lacustre: los dioses hacen sentir su poder dentro y fuera de temporada, y los diarios, los noticieros y la vida, nos ofrecen imágenes de inundaciones de apocalipsis azteca, autos flotando en las avenidas, desniveles subacuáticos o toboganes incidentales.

Una vez soñé con la Ciudad Universitaria después del diluvio. Dueña de mis días y al parecer de algunas noches, la Universidad estaba ahogada. Desde la Facultad de Filosofía y Letras, me aproximaba en una balsa a la Biblioteca Central, la rodeaba, la escalaba. El agua le llegaba casi al techo. Ensueño moderno con la forma del dios cúbico de la lluvia, apenas sobresalían del mangle, ya con lagartos y otra fauna lacustre, las cosmogonías circulares del mural envolvente de piedras precisas.

ciudad

Ilustración: Cecilia León

Sueño con un mundo acuático

Este mundo no es como la película de Kevin Costner sino como los Snorkels– para la generación Z, los Snorkels fue una caricatura ochentera con estética tipo vanguardia rusa en donde vivían unos seres como pitufos de colores que respiraban con un snorkel que les salía de la cabeza y vivían en una ciudad parecida a Villa Bikini, la de Bob Esponja pero más socialista-. Aunque debamos adaptarnos de formas muy diversas, nos es posible a los humanos respirar y vivir bajo el agua. En distintas aventuras de acción comando, en parques acuáticos sumergidos, todos nosotros vivimos ahí, ustedes y yo, en Atlántidas tropicales, postapocalípticas.

Una vez soñé que tenía una hija. Daba a luz a una niña en aquel mundo sumergido. Era hija de un Daniel que no era ninguno de los danieles de la vigilia que se han ido hundiendo casi todos formaditos en el aguabuena del adiós y la escritura. Quizá el niño cruel de mis sueños era la suma de todos ellos que, cosas de la vida, no son sólo dos (yo no tengo la culpa de la moda en nombres de los ochentas); ese Daniel era guapo como todos ellos lo fueron. Dicen que no soñamos rostros completamente nuevos sino que los evocamos y que hacemos un collage lógico de facciones infinitas. Un universo de universos paralelos con caras siempre nuevas sería excesivo. El mundo ya es un derroche de rostros, así que si eso es verdad seguro soñé con un guapo que vi por ahí o con la suma de la guapura de varios, un cálculo inconsciente. Guapo pero grosero como niño consentido, me abandonaba, como los otros, dejándome también el alivio de una certeza.

ninŽa2

Ilustración: Cecilia León

Así empezaba el sueño, él se marchaba a la superficie y yo le tenía desprecio. Mi hija era una niña morena con los ojos claros y enormes y aunque ya no tengo mucha claridad sobre su rostro, es lo que recuerdo mejor y con mayor intensidad de aquella noche de claridades. Soñé con el amor que le tenía, con la forma en la que sentí ese amor.

Como una nave que emergiera en alguna costa de mi mundo emociona,  Estrella de Paula decía que amar es querer seguir queriendo. Esa noche, emergió desde un abismo en mis océanos, el deseo de defenderla y de cuidarla y es muy extraño porque esa niña no existe y no estoy así como deseosa de tener una cría. Pero al evocar aquel dulce sentimiento, lo siento todavía y como el amor es el primer confidente de lo que se ha descubierto, de los verdaderos hallazgos, esa pequeña criatura, collage de amor infinito, fue una buena señal para mí. Soñé con la sensación de un amor generoso y valiente y es así cómo he preferido el amor después de los niños consentidos. Para poder despertar ese día y todos los otros días con una luminosa calidez en el alma.

pajarocuchillo

Ilustración: Cecilia León

Sueño con la selva

Una vez soñé que era el líder de una guerrilla en el Sureste asiático. Era un hombre de esa latitud, de alguna etnia del sur de Asia, joven, delgado y moreno por trabajar en los campo de arroz. Gracias a mis instrucciones construimos un sistema de túneles que usábamos para defendernos. Ahí protegíamos a los niños y  nos servían para atacar por sorpresa al enemigo. También nos valíamos de las cavernas de la tierra, oscuras y húmedas como vientre geológico. No me vi morir pero sé que moría. Había salido para traer a más gente pero me capturaron las tropas occidentales enemiga. Sentí su mal olor y al levantar el rostro, los vi frente a mí con sus rifles de asalto, con su pelo rubio, con sus caras amenazantes y sonrientes. No fue un sueño triste, antes de morir desperté y pensé que me había excedido en películas. 

Tengo algunas amigas versadas en la Gestalt. He interpretado y vuelto a soñar no sólo que estamos en la selva sino que soy la selva y que en mi cerrazón de selva, en mi lógica interior de selva, en mi introspección de selva, en mi acontecer barroco de selva, en mi bastedad de selva se construyen hogares, se despliegan las aves y respiran los árboles. Las aves y los árboles que también soy.

Desde el cine hipster de donde escribo recuerdo que sueño la selva y que en el páramo verde de mis sueños soy la brisa que corre entre los árboles. Creo que en el bosque tropical del inconsciente, en ese inaprensible lenguaje que hizo el Universo, todo lo que se es, se canta. 

selva2

Ilustración: Cecilia León

Pesadillas

Esta era una pesadilla recurrente en mi adolescencia tardía y en mis primeritos veintes, hace algunos años terminó y también se han derrumbado algunos puentes. Borges destiló la etimología inglesa de la palabra pesadilla, yegua nocturna es la metáfora más remota de nightmare.

Cada año, cada seis meses, cada tres, cada dos o tres noches, la yegua me tomaba y me arrastraba incansablemente hasta que un día, por buenas razones que tienen que ver con ser valiente, dejó de venir.

Todo comenzaba conmigo dormida en la cama de mi habitación en la casa de mis padres, como en realidad dormía en ese momento. Luego, en medio de la noche, me veía y me sentía despertar en mi propia recámara después un sueño tranquilo. Pero no despertaba por mi propia voluntad o a causa del fin de un primer sueño; sino porque un mal sin nombre y sin rostro se metía dentro de mi cabeza y de mi sueño para llevarme a despertar en el suyo. 

Soñaba que despertaba ahí y empezaba a percibir una fuerza sin materia que condensaba todo el mal en sí, ese mal en abstracto que esperaba omnipotente por mi débil alma al pie de la cama. Era una fuerza inasequible y transparente como  campo de obscuridad, una fuente de ataques de pánico que me paralizaban impidiéndome gritar. Intentaba hacerlo una y otra vez para despertar; después de muchos intentos que requerían de toda mi enegía, lograba hacerlo. Sin embargo no lograba despertar definitivamente a la vigilia, sino que alunizaba en otro sueño en el que el mal me volvía a atrapar.

Al borde de la cama, esta obscuridad me jalaba arrastrándome hacia ella, jalándome y metiéndose a la vez, era la fuerza de mi propio miedo amenazándome, ahogándome.

selva

Ilustración: Cecilia León

La ansiedad y la angustia encarnadas en una sensación de parálisis me oprimían el pecho haciéndome presa del miedo de quedarme ahí, encerrada en ese círculo onírico. Miedo de no despertar, soñar para siempre en esa obscuridad y sucumbir al mal. El darkside me arrastraba por la dulce habitación color Bagdad . Me sentía doblemente horrorizada de quedarme en ese loop del mal sin cuerpo y del miedo de mi cuerpo. Comencé a temerle a mi propia emoción arrastrándome, encerrándome en mi propia mente para siempre y algunas veces llegué a sentir preocupación al irme a dormir. En algún momento mi voz por fin, triunfaba.

Como corolario de esta rachita,algunos años después de eso en una estampida de sueños obscuros, galope de furia del inconsciente, ojo del huracán de mi locura la peor y la última de mis pesadillas verdaderamente memorable fue esta:

Fue un sueño matutino, ya que mientras esperaba a mi ex novio que daba clase de siete decidí dormirme un ratito en el estacionamiento del Tec de Monterrey. Me pasé al asiento trasero de la camioneta y me recosté boca abajo. Soy pequeña y logré acomodarme y dormir aunque seguramente estaba muy incómoda porque se volcó el horror en mí.

Como en la otra pesadilla, también soñé mi cuerpo durmiente, esta vez no en mi habitación con la pijama, sino dormida en el asiento trasero de la camioneta de mi ex novio en el estacionamiento del Tec. En Oniria el edificio del estacionamiento era una torre elevadísima, casi estratosférica, como una Torre de Babel con autos. Allí en lo alto de la torre, llegaba algo que me atacaba sexualmente, una entidad demoniaca e incorpórea quería violarme, una fuerza similar a la pesadilla de las otras veces pero esta vez con un tacto y con una personalidad de inmediato reconocida por mí. La entidad me abusaba de espaldas y yo no podía ver su rostro hasta que decidí enfrentarlo y voltear, verlo a la cara, mirar su identidad. La escasa materialidad de espectro tenía un rostro, el más horrible que mi mente pudo crear: antropomorfo y  más viejo que la vejez humana, más violento que la Historia y de una perversión más allá de lo perverso y depositario de todo el horror. Inmediatamente, supe dos cosas: que era un demonio y que era yo misma.

En el mismo sueño lo entendía y lo enunciaba en inglés, mi dark side. En cuanto lo miré sentí un pánico fundamental, primitivo y primigenio: el horror. Y de ahí, de ese vacío de mí y su obscuridad total, el reconocimiento y el valor. Lo miré a los ojos y me invadió el deseo de enfrentarlo, ese deseo inmediatamente lo desintegró. Vino una sorpresa, una certeza, un alivio y desperté. Después de mirar de frente mi lado obscuro esta pesadilla y sus antesalas en loop de la adolescencia no volvieron más. Tengo un amparo de ocho años ya.

 

El terror y el horror definen emociones y fuentes emocionales distintas pero como dos gemelos malvados, casi siempre vienen juntos y es muy difícil distinguirles.

Rayo y trueno son y se necesitan, sólo hay unos segundos entre ambos. Uno es el miedo de estar acorralado en el borde de un despeñadero y el otro es el miedo a despedazarte después de la caída. Tratemos de pensar en aquello de sagrado que hay en los pájaros y en los cuchillos.

El terror es justamente, terreno. El terror necesita asirse de un soporte material. Es el miedo a Freddy Kruger, a la policía o a algunos grupos rebeldes. Aunque Freedy Kruger en realidad sea un personaje de ficción y la policía o los grupos rebeldes sean conceptos con formas muy diversas, el terror está anclado a algo que tiene como soporte y origen un objeto concreto.

El terrorismo, implica administrar el miedo respecto a cosas muy específicas como subirte al metro o estar en un centro comercial o en un evento deportivo y que estalle una bomba, miedo a que rueden cabezas en el antro de Acapulco, a que te arranquen los dedos o el cuero cabelludo.

Los grupos terroristas reivindican sus ataques identificándose como cuerpos con nombre, funciones y símbolos como uniformes o banderas o colores de causas que se hacen visibles abruptamente, violentamente, estéticamente. La sangre y las cabezas sin cuerpo y los cuerpos sin cabezas es un sinsentido también sentido a nivel parasimpático y visceral. El terror es el miedo a cosas tan intensamente sentidas como la tortura, a que te arranquen las uñas una a una, a que se te carbonice la piel en leña verde. El miedo al dolor que es tan de la vida y de la carne, algo muy de los cuerpos sobre lo que el terror se ejerce y se nutre.

nigthmare2

Ilustración: Cecilia León

El horror es un miedo a algo abstracto. El miedo al miedo. La sospecha de algo que será malo, la certidumbre de un acontecer terrible y la incertidumbre de la forma en la que se presentará la tragedia. Es como si la letra h, le impidiera al horror asirse de una forma. El horror es el miedo a desaparecer, miedo a que alguien más desaparezca. El miedo a caer en un estado de ansiedad, el miedo que encierra la esclavitud de vivir sin dinero, la carencia, el hambre. El sentimiento incesante y cotidiano de inseguridad en un territorio y/o sus instituciones. El miedo a la desaparición también como idea. El miedo estructural y sistémico a ser violada por ser mujer. El miedo a las ausencias, a la propia ausencia en la conciencia de los otros, a la pérdida de los otros. A la pérdida de la vida y de las personas que amamos tanto que se parecen a la vida.

Ya saben lo que dice Freud, el único miedo es el miedo a la muerte, la inminencia de aquella última pérdida. Aquella pérdida de las que todas las otras son ecos o son egos, la pérdida del nombre, la de la tierra, la de la libertad, la del prestigio, todas ellas, fallidos simulacros de la pérdida de la vida. La pregunta por el otro reflejando nuestros bordes, la pregunta por la sombra, por el mal, el mal en sí, el fin en sí, el límite del amor y de la salud, el fin de todas las cosas, esa frontera. El horror es la materia obscura y la incisiva amenaza de la muerte que respira sobre tu nuca, la que rodea todas las cosas y a todas las cabezas pero no es la muerte que abrazaremos todas, el cambio de ciclo, es la muerte que abrazan las sombras.

En los sueños acontece la Luz por lo que es lógico que entendamos mejor su ilógica con el inconsciente. Una vez soñé con una figura angélica, también era un ser incorpóreo y este no estaba hecho de obscuridad sino de luz, era la Luz. Era todo verde, luz de todos los verdes, milagro eléctrico, tenía la forma de los angelitos de las estampas y figurines que venden en los mercaditos, sin género y con look típico y angelical, outfit regular de ángel sólo que su túnica en vez de ser de tela era luz, el ánfora que llevaba era una ánfora de luz, sus alas eran alas de luz. A diferencia de los de los figurines y estampas, el ángel no tenía raza y no tenía exactamente materia pero era visible la estructura de un cuerpo de formas humanas que llegó para derramar del ánfora que contenía un líquido lumínico también verde, de la misma inmateria de la que estaba hecha la silueta, cuidadosamente sobre mi coronilla. Mientras caía, se vertía su dulce luz dentro de mí y fui inundada de cabeza a pies y no de pies a cabeza como se dice regularmente, por una sensación de serenidad y de equilibrio y alguien dijo “La perfección es el estado natural de las cosas, la Luz es triunfante”. Cuando terminó me di cuenta que no había estado exactamente dormida.

Esa noche había ido a una presentación de Eusebio Ruvalcaba en el Alicia. Estaba bien pedo, ahogado en aguasmalas como en un chilango beatchic. Yo acababa de leer una entrevista a Bukowski en la que decía que no cualquiera que escriba “mierda” no escribe mierda y que no todos los viciosos eran poetas, que no cualquiera que se embriagara era un artista y Eusebio- que escribe muy bien-  escribió muchas veces “mierda” y otras cosas parecidas.  Y yo, que pequé un poco de lo mismo por estar muy pegada al vino, me molesté saliendo decepcionada de la presentación. Ese día después de Eusebio, la que se pegó un fiestón fui yo y luego, el karma poético devino dentro de mis sueños.

ninŽa

Ilustración: Cecilia León

La idea misma del karma parece perfecta para ser disuelta en los fuegos de la poesía, todo lo místico lo es. Una vez en casa y en cama, soñé que al preguntarle al vacío de mi cráneo qué era la poesía, mi propia imagen y una voz en off, junto a la mía, respondían al unísono que la poesía era un delicado pájaro negro que quería meterme por la vagina. Al despertar más extrañada que de mis peores pesadillas pensé que si lo escribía, sería escribir “mierda” y tuve por conclusión que había juzgado a Eusebio muy duramente. Yo buscaba en el sueño, en la escritura, en la pregunta y en el pájaro negro, aquello de sagrado que hay en los cuchillos, el corte que me volvería miel y música.

Los sueños y la poesía están hechos de la misma filigrana metafísica, en sueños he visto que la poesía total del Universo, está pegada al reverso de nuestros párpados. Sigo sin entender la metáfora de mi sueño pero por algún motivo del inconsciente me hace sentido todavía.

He pedido la cuenta, la miro, no estoy soñando. Todo cuesta más cuando es orgánico.

 

Alguien va a ir pronto al analista.

Facebook Comments
Aguamala o Medusa
Written by Aguamala o Medusa

Jessica Asai adora la Psicología Social, después de la investigación socia aplicada, se ha dedicado al emprendimiento, primero en la práctica salvaje y luego en la experimentación teórica, trabaja diseñando planes y programas en Innovación y Emprendimiento para la Coordinación de Innovación y Desarrollo de la UNAM; imparte clases y talleres en el Laboratorio de Innovación, su lugar feliz. Aguamala o medusa, es un blog y sale de ella, o viceversa

Leave a Reply